No parece haber estilos de vida más contrastados que el cubano y el soviético; el punto de unión no es cultural ni artístico, ni siquiera económico, sino ideológico. Lo que unió a ambos países, tan alejados geográficamente, fue la ideología, un proyecto de nación ligado a ideas y conceptos, experimentos utópicos de ideales forjados por hombres de grandes esperanzas. Esa costumbre tan posmoderna de fusionar opuestos apenas empezaba a utilzarse en 1962 cuando Soy Cuba fue realizada y la película, al igual que los países que le dieron origen, no es más que eso: un Frankenstein complejo que avanza con pies pesados, una bestia hermosa y polifacética, un objeto cultural inclasfificable e irrepetible.
La anécdota alrededor de la película, cómo ese grupo de aventureros soviéticos desembarcó en tierras cubanas por dos años para captar la esencia cubana en una ficción con mucho de documental - ya daría suficiente como para hablar largamente, pero no hay que olvidar al resultado, una película - manifiesto en la mejor tradición rusa. El esteticismo extremo de cada plano nos habla de una herencia marcada por los nombres más representativos del cine soviético de la primera mitad del siglo XX: por momentos nos encontramos con primeros planos políticamente expresivos como los de Eisenstein, herramienta clave para dar un salto cualitativo a la narración y aumentar la intensidad dramática; en otras instancias, Soy Cuba despliega largos y virtuosos planos secuencia dignos de Dziga Vertov, a mitad de camino entra la composición más plástica y la realidad más bruta captada en movimiento; en tercer lugar, encontraremos el legado de Dovjenko y su retrato cordial del campesinado en plano general, las manos trabajadoras que forman a la gran familia comunista. Sin embargo, Kalatozov construye una identidad propia y no olvida que lo que tiene delante es Cuba, un modelo comunista menos estructurado que el de su tierra natal. Si bien construida a través de una mirada de atento extranjero, Cuba tiene en la película presencia propia y el realizador cuida al detalle que las formas de hablar, el andar de los personajes y los conflictos sean acordes al lugar que está filmando. De allí la gran belleza de la película: a la vez que una ficción, es un documental inesperado sobre dos mundos tan ajenos como el soviético y el cubano intentando entenderse, dos modelos del mismo ideal buscando una síntesis no solo estética, sino también ideológica.
Soy Cuba es una película ambiciosa, tremendamente grande y, sin embargo, sincera, personal. Los cuatro relatos que componen a la película no son arbitrarios; cada uno de los personajes es un vértice de un cuadrado que la Revolución pretendía abarcar: La mujer cubana, base de la familia revolucionaria; el campesino, héroe de la tierra; el estudiante, futuro de la patria y portador de la nueva ideología, y el hombre de las montañas, figura central del ejército revolucionario. Al mismo tiempo, la película sigue un orden cronológico y, a través de esas cuatro figuras, vemos cómo el país evoluciona desde la decadencia en que se encontraba bajo la presidencia de Fulgencio Batista - tirano que gobernaba sin apoyo popular y que convirtió a Cuba en un parque de diversiones para los norteamericanos con ánimo de fiesta a bajo costo - hasta la llegada de la Revolución, momento del nacimiento de un nuevo orden y de un nuevo hombre. Sería fácil decir que estamos ante un ejemplo de propaganda política extremadamente bien elaborado, pero no debemos ser tan ingenuos: Soy Cuba es un gran alegato a favor de la Revolución y puede caer en algunos simplismos, pero también es el producto de una gran creencia y de un gran optimismo en que el mundo podía ser diferente al modelo capitalista del cual los Estados Unidos era la cara visible. En ese sentido, los complejos planos secuencia son también una decisión ideológica: para contar la expansión mundial de un régimen comunista es necesario alejarse Holywood, donde el cine es capitalismo. Una estética comunista, de grandes logros colectivos, para contar un triunfo comunista.
Soy Cuba es una película enorme, imposible de catalogar, un hecho único en la historia del cine. Es el documento de una época que nunca se repetirá, el resultado de una creencia colectiva que ha sido enterrada con la caída del muro de Berlín. El profundo lirismo de la película, encarnado en esa voz femenina y sensual de Cuba, un país que nos habla desde el celuloide, es hoy historia. Y así debemos mirar Soy Cuba; no debemos juzgarla desde este presente cínico, sino desde ese pasado que aspiraba a un gran futuro donde la clase social fuera una sola y la igualdad reinara entre todos los componentes de la sociedad. Ese optimismo, esa fe ciega en el progreso es lo que hace a Soy Cuba una obra conmovedora, difícil, demasiado única como para ser olvidada y demasiado importante como para ser archivada.