Lucía
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Un reencuentro con Lucía.
Danae C. Diéguez
Hace poco volví a la sala de cine al reencuentro con Lucía (1968), en pantalla grande, nuevamente la majestuosidad de una película que para muchos críticos se encuentra entre las mejores del cine latinoamericano. Por estos días del mes de octubre se cumplen 40 años de su estreno, y recuperarla bajo el encanto de la sala oscura es un privilegio que muchos hemos disfrutado, entre otras razones, por la frescura que poseen sus historias y por la lección cinematográfica que nos devela.
Primer largometraje de ficción del realizador Humberto Solás, es hoy un clásico del cine cubano, y un referente ineludible para intentar entender el tránsito de nuestro cine, a la vez que representación visual de la épica cubana, a través de tres momentos medulares de nuestra historia. Lucía en tres tiempos, Lucía en tanto metáfora del proceso de descolonización, Lucía como correlato de la nación o sencillamente Lucía mujer que se debate entre el supuesto deber ser y los conflictos de sus sentimientos y pasiones.
Contada a través de tres relatos, que pudieran ser de manera independiente historias de largometrajes; el primer cuento, Lucía (1895) se ancla en nuestra segunda guerra de independencia contra el colonialismo español.
Deudor del neorrealismo italiano, Solás, comienza a perfilar un estilo que desde esta historia vemos cómo encarna: los claroscuros, el barroquismo de sus imágenes, la grandilocuencia de los planos abiertos que muestran las grandes batallas en contraste con planos cerrados o primerísimos planos que desde subjetivas muestran la angustia existencial de sus personajes; entre otras características que lo convierten en el director cubano que con más empeño lo define un esteticismo marcado, además, por los excelentes decorados ambientales que exhibe esta primera historia.
Con un gran aliento romántico, la guerra y el amor son los grandes temas que, a través del personaje de Lucía se enfrentan o se reconcilian. Lucía es aquí mujer que desafía desde el amor el dilema a la que la guerra la ha conducido, ofensiva en la que cree, en tanto su gran pasión de cubana. El amor, lo privado, ese espacio que nos enfrenta a nosotros mismos; frente a ese otro, destinado a la guerra, lo público, fundamentalmente el espacio de los hombres, convierte a nuestras Lucías en personajes que se debaten y transitan entre la ingenuidad y la fortaleza, el amor y el odio, el sacrificio, la pérdida de la individualidad, o el desconocimiento de ella, en nombre del amor y los intereses de otros. Es el tránsito doloroso de la descolonización mental, encarnada en mujeres que aman, sufren, se desesperan y padecen desde la soledad hasta la humillación producida por todo tipo de violencia.
La segunda historia; Lucía (1932), se inscribe, después de la intervención norteamericana de 1902, en la época de la Republica, específicamente en el periodo del dictador Gerardo Machado, su derrocamiento y los años siguientes de frustración para quienes habían luchado activamente y volvían a encontrar un país lleno de vicios, corrupción e injusticia. En este relato el tono varía con respecto al primero, sin la grandilocuencia de aquel, pero sin desdeñar los imperativos de la épica y la tragedia a la que alude, Solás nos introduce en un estilo más intimista. Nuevamente el amor y el dolor de Lucía de la mano del conflicto de un esposo entregado a la pasión revolucionaria.
En el tercer relato, Lucía (196…) nos adentramos en los años posteriores al triunfo revolucionario. Haciéndole guiños a la comedia y en un tono costumbrista se alude al machismo, en tanto condición cultural, que cuesta eliminar a pesar de los cambios impulsados por el proceso revolucionario.
El choteo, sirve de sustrato narrativo, sustentado también por la banda sonora, que en este caso, funciona como coro, al estilo del teatro clásico griego. La dificultad para la liberación individual se refuerza en esta historia, lo colectivo y lo privado, son de hecho el camino por el que transitan Lucía y Tomás, su esposo. Los cambios estructurales generados por una revolución que en su momento fue muy radical no impidieron que los sujetos, continuaran reproduciendo estructuras de pensamiento dependientes, legitimadas en el pasado.
Limitaciones aparte, Lucía continúa siendo una película contemporánea por su lenguaje y por los temas que aborda, con una luminosidad que signa a una isla en el Caribe, la demasiada luz de la que tanto hablara nuestra literatura; con una banda sonora que define cada una de las historias y un montaje narrativo exquisito, revela el gran dilema entre lo público y lo privado, entre ese espacio de tránsito angustiante de los seres humanos, de las mujeres y también de un país; es el dilema de la primera Lucía, cuando llorando en la cama, ante la sensación de la traición, simbólicamente le dice a su madre: una Gardenia, mamá; dame una Gardenia…

